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martes, 8 de julio de 2014

Descubrí que el paraíso puede encontrarse en el tacto de una piel suave, que las caricias son más fuertes que los golpes, que los besos pueden hacerte volar. Descubrí que había sentimientos insospechados en mí, que se puede reír y llorar a la vez, que es tan emocionante querer como ser querido; descubrí, en definitiva, una cosa tan simple y tan compleja, tan vulgar y tan extraordinaria, tan dulce y tan amarga, como el amor.

sábado, 5 de julio de 2014

Homero Aridjis.

Déjame entrar a tu íntimo alfabeto
para saber lo tuyo por su nombre
y a través de tus letras
hablar de lo que permanece
y también de auroras y de nieblas
Déjame entrar para aprenderte
y girar en tu órbita de voces
hablándote de lo que me acontece
describiéndote a ti
Quiero dar testimonio a los hombres
de tus enes y tus zetas
desnudarte ante ellos como una niña
para que todos se expresen con acento puro.

Carlos Limón.

En el principio del Cosmos, poco después -o mucho, realmente no lo sé- de que el “Big Bang” diera origen a nuestra caótica realidad, existió una estrella que comenzó a disgregarse con la expansión del Universo, al final colapsó y sus átomos se esparcieron por cientos de galaxias. Fueron parte de otras estrellas, de otros mundos, de planetas grandes y pequeños, de seres inimaginables y algunos otros de nada. Viajaban así por el Universo, pero siempre tratando de encontrarse, de volver a ser uno; su anhelo era reconstruir ese astro del que formaron parte en un principio, pues no habían encontrado lucero alguno cuya abrasadora calidez superase a esa estrella _. El hombre hizo una pausa, tomó la mano de su amada y la estrujó entre las suyas, ella esbozó una delicada sonrisa mientras esperaba a que la historia prosiguiese. _ Cada vez que sonríes _ continuó _ veo en ti parte de esa estrella, y al mirarte a los ojos siento que su calor recorre mi cuerpo, llega a mi corazón y ahí, en cada vigoroso latido, me doy cuenta que llevo también la esencia de esa estrella; tal vez es por eso que siento que te pertenezco, que me perteneces; tal vez es por eso, por el anhelo de esa estrella, que tenemos el apetito de estar juntos.

Bárbara Velásquez.

Muchas cosas nos sobraban, mucha paz en nuestro mundo, mucha comida en la cocina, demasiada agua en la tina, hasta las sábanas estaban tiradas en una esquina, muy poco de lo que teníamos ahí nos servía, hasta las risas sobraban, muy felices nos dijeron, muy felices dijimos. Faltaron lágrimas, faltó un poco de sol, faltó el futuro a pesar de que el nuestro estaba dentro de una caja negra que daba vueltas en el universo, ahí podríamos sobrevivir a las guerras externas o eso pensábamos. La música la producían nuestras miradas, nuestros cuerpos. ¿Colores? Era una vida en sepia, una vida de tonos y detalles, muchísimos detalles, semillas. La libertad la proporcionaba una ventana a la que pegamos flores artificiales y desde ahí podíamos observar la triste lluvia de otoño, invierno, primavera y verano. Cuerpos tibios por la razón de nuestras manos. Ojos nostálgicos por el presente, ya estaba todo resuelto. No teníamos que pensar demasiado, no teníamos que actuar y los cigarros aparecían mágicamente cada mañana en la jaula del canario que nunca tuvimos, para que yo amara tu olor y quisiera abrazarte todo el resto del día. Trescientos sesenta y seis días fue demasiado.
Si la desincronización fuese un arte, 
ellos tendrían un museo entero.
Como el batir de las alas de una mariposa, su silencio y su interés se acurrucan bien adentro y hacen estragos, cada uno el dictador 
de un mensaje falto de intención.
Él confunde su silencio con desinterés, 
y su orgullo lo conduce al hastío.
Ella estrecha su interés contra sí 
y deja que eche raíces, cosecha esperanza.
En los días que le toma armarse de valor, 
él se arma de olvido.
Y luego, al revés.

La piel se tornó barro entre tus dedos.
El lodazal de mi cama, campo de batalla, 
dejó heridas nuestras almas. 
Tuvimos que arrastrarnos. 
Tú a la negra selva de los cielos 
y yo al inmensidad infinita del mar.

Antonia Muñoz Noches.

Ya no busca primaveras en estaciones de tren,
no son suficientes las bocanadas de aire,
ya no son suficientes los abrazos,
pues ella quiere entre sus brazos tener el mundo.
Ya no bastan las canciones que escapan de la radio,
ni las mañanas de invierno, ni el hielo al morir.
Ya no bastan los elogios,
ya no son suficientes las sonrisas,
pues las devora como un puñado de estrellas.
Ya no le sirven los discursos en voz baja
y hasta el gritar se le hace nada.
Ya no camina, corre
-vuela-.
Cada árbol es un peldaño de su escalera
porque ya no le basta el suelo,
ya no le basta el fuego
-ya no más-,
ahora quiere bombardear el cielo.

Elena Garro.

Hay días como hoy 
en los que recordarme me da pena. 
Quisiera no tener memoria 
o convertirme en el piadoso polvo 
para escapar a la condena de mirarme.

Karmelo C. Iribarren - Como un rasguño en el alma.

Un simple 
comentario
a destiempo,
sin ninguna 
intención.
Pero tuvo 
que ser ese,
entre todos
los posibles.
 Y la vida pasa…
 Y no prescribe.
Si me querías junto a ti, sólo tenías que haberlo pedido. Que yo camino, exploro, me muevo y a veces también me quedo muy quieta, mirando al cielo, disfrutando del viento, y en ese momento, si tu mano hubiera llegado a tomar la mía, yo encantada me habría ido con ella.

La mujer que llegaba a las seis - Gabriel García Márquez.

—Te quiero tanto que no me acostaría contigo —dijo.
Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos. Dijo:
—Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo.
En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
—Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso!

Julio Cortázar, Bestiario.

Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos.
Me preguntó por qué lo amaba,
- Por placer - le contesté.

Cartas a un desconocido (LXXXVII).

Supe que era yo y pude despertar, como en esos sueños cuando sientes que te persiguen y la desesperación emerge desde la garganta. El temor se esconde justo bajo las costillas y el escape se expande, hasta que te das cuenta que nadie te persigue y caes al vacío.
Me vi reflejado, cuando el vidrio se encontraba sucio y merodeaba, deambulaba, erraba sin propósito ni consecuencia. Escuché el sonido a lo lejos, una vez que me llamaba y quise dejarme ir por un instante pero qué significaría. 
¿Acaso importaba ahora?
Es como un monólogo que va de palabra en palabra, hilándose desde sonidos que provienen de los labios y quieren ser sellados. Un testimonio a medio terminar y fragmentado está.

Mario Benedetti (Esta Mañana y Otros Cuentos).

Ella me quería, estoy seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía una horrible conciencia de no ser tomado en serio. 
Pero mi amor, llamémosle así, tampoco era limpio. 
 Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. 
Y así no se puede, claro.
Y en aquel momento deseó con todas sus fuerzas que él pudiese leerle la mente.

Jaime Sabines - Fragmento de Poema “Amor mio, mi amor”.

Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo, 

quiero tocarte, verte.
Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Fragmento de Que diría González - Carlos Salem.

Digamos que hoy me levanté otoñal,
pero hablé un rato contigo
y ya tengo los bolsillos llenos de veranos.

Yazheel YaoYoltzin - Tlajtoa.

Y desbaratar mis deseos en tus entrañas, 
y desdoblar tus sueños junto a los míos.

Quetzal Noah.

Prometo no acobardarme a la hora
de rodear el prisma de tu cintura
acercarme cauteloso al lecho
de iris misterioso, náufrago sombrío
ente y lucero que sana y cura
me asomo en tus hombros
y descubro el despertar de la locura
el coral de las nubes en tus parpados
la rosa menguante de tus labios
risueña ciencia enamoradiza
ámbar que medita entre sabios
he viajado una y otra vez al espacio
prometo roce boreal con mis manos
hacer tu andar y el mío un presagio
que agite las olas trémulas despacio
ansio el vértigo espontáneo donde
vuelva valles de cuarzo tus pantanos
prometo no darle tregua a tu aliento
mantener tu suspiro recién despierto
tomar el sol y evocar el arte
de pintarte auroras a cada hora
y a cada instante.
Es obvio, es evidente, que entre nosotros hay química, física, mucha historia, nuestro propio lenguaje, la matemática irracional de tu mas yo es igual a uno, la filosofía del amor y la religión de los besos, la poesía de la mirada, amor mio lo tenemos todo, solo nos falta paciencia .

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones - Charles Bukowski.

Saber mantener el equilibro justo entre soledad y gente, esa es la clave, esa es la táctica, para no acabar en el manicomio.

Charles Bukowski.

Me estaba deprimiendo. Mi vida no conducía a ninguna parte. Necesitaba algo, los destellos de las luces, el glamour, alguna maldita cosa, y allí estaba, hablando con los muertos.

domingo, 29 de junio de 2014

Fragmento de XLII, Kenneth Rexroth.

Cuántas vidas hace
que nadé por primera vez 
en el torrente del amor,
para descubrir al fin
que la orilla es inalcanzable.

Brandon M. Silva Briones.

La persona esta ahí, parada sobre nada. Haciendo nada. Saboreando nada. 
Pero, espera todo.
Tropiezas una y otra vez con la misma piedra
hasta que la besas como un adicto.

Fragmento de El desván, Ezra Pound.

Nada hay en la vida que sea mejor
que esta hora de limpia frescura,
la hora de despertarnos juntos.

Charles Bukowski.

Me sentía insatisfecho y, francamente, bastante jodido por todo. No estaba yendo a ninguna parte, ni tampoco el resto del mundo. Estábamos haciendo tiempo, esperando morir, y mientras tanto hacíamos bobadas. Llenar el vacío.

Aquiles por su talón es Aquiles, Jorge Drexler.

Uno no elige de quien se enamora,
ni elige que cosas a uno lo hieren.

Fragmento de Madrigal triste, Charles Baudelaire.

¿Qué me importa que seas buena?
Sé bella, y sé triste.