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viernes, 28 de marzo de 2014

Lorena Cianciulli.

A ella le faltaba el aliento, 
mientras él buscaba otros aires.

Juan Carlos Carreño.

Una esquina de su boca 
cambió mi lugar en el mundo.

Lorena Cianciulli.

Para refrescar su amor, ellos habrían de encontrarse en el punto más frío de aquel caluroso pueblo.

Turgueniev.

Y tal vez, él solo haya sido creado para estar siquiera un instante al lado de tu corazón.

Irene Bello.

Se miró en un espejo 
que sólo reflejaba el alma de la persona. 
Gritó de terror.
Sí, me quería. 
Pero, ya sabes, 
con un amor de ortopedia.
Ella siempre ha sido de guardar trocitos de mundo. Pero, lo que no sabía, es que el mundo se rompía cada vez que se marchaba.

Vicente Luis Mora.

Sentarse junto a ella mientras duerme, mirarla; esperar a que empiece la película muda de sus sueños.

Daniela Romero.

Él se llamaba "tiempo" y ella "espera". Ninguno de los dos tuvo funeral.

Valentina Semtei.

¡Lo tengo! -dijo el cerdito- 
Construiré mi casa de cuentos sin lobos feroces 
y será el fin de la historia.

lunes, 24 de marzo de 2014

"Hay muchos hombres", dijo Bella, "que son peores monstruos que tú, y yo te prefiero a pesar de tu aspecto…"

Pablo Neruda.

Podrán cortar las flores,
pero no podrán detener la primavera.
Te quería como el que se rasca la herida o se arranca las costras. Como aquel que no sabe hasta cuándo va a ser sano perpetuar la adicción a tu boca. Como aquel atardecer tan bonito que hace llorar, o como ese no puedo más pero voy a seguir, por si acaso. Por si al final vale la pena intentarlo, aunque las segundas partes nunca fueron buenas, y mucho menos las terceras, en las que ya a veces me olvido de qué era lo que me ataba a ti. La soledad, recuerdo. Y si el mundo gira tan rápido, nunca dejes que lo haga lo suficiente como para dejarnos atrás. Cualquier lugar me parece un andén sacado del contexto de esperarte. Seremos esa necesidad de que alguien nos necesite. De que alguien nos lo necesite todo, incluso esos defectos que seguimos manteniendo por si algún día son lo único que tenemos. Estaremos jugando demasiado mal, o violentamente, a dedicarle demasiada importancia a los domingos. Ojalá entendieses que hay tormentas que no calan, pero que hacen temblar. Que hay falsas esperanzas que siguen manteniéndonos vivos. Si ya por saber sólo sé las lecciones que nunca me enseñaron tus labios. Y ese mantener el equilibrio mientras corro por la delgada linea que separa el tocar fondo de sentirme libre. Qué desastre más bonito el no saber qué hacer mañana, si sobrevivir o esperar a que tu ausencia me de la extremaunción.
Señor, quiero darle un beso de esos que hacen olvidar cómo se respira…

En un mundo de grises.

Eran dos personas con sus ojos buscando mirar algo que les hiciese brillar, y con sus bocas sedientas de decir poesía y callarse con un beso. Personas con sus brazos fríos sin algún cuerpo al que agarrarse, y sus manos vacías si nadie que las cogiera al caminar por la calle. Eran personas con las lágrimas cayéndoles adentro, porque llevaban mucho tiempo evitando gritar. “¿A quién le gustan los ruídos fuertes?”, pensaban. Y se callaban. Eran personas-andenes, de esas a las que llegan trenes que a veces están vacíos, pero nunca dejaban de esperar. Tenían una sonrisa para llorar sin que nadie se diese cuenta, y otra para cuando estaban solos y sacaban a pasear las cicatrices. De noche soñaban un poco antes de dormirse, y miraban por la ventana, cerraban los ojos, apretaban los dientes. Se convertían en invierno cuando algún silencio les recordaba que estaban solos. Y buceaban hasta tocar el fondo de ellos mismos, creyendo encontrar respuestas allí adonde sólo parecía haber muerte. Miraban las agujas del reloj moverse, tan quietos, y las horas se pasaban volando como esos aviones surcando el cielo en los que deseban marcharse lejos. Lejos, como si uno pudiese escapar lo suficiente llevándose con él a uno mismo. Eran dos personas como esas a las que ves por la calle, pero no miras. Dos personas de esas que dicen que todo va bien mientras se están derrumbando. Dos personas, en definitiva, como nosotros.

Te amo y te amaré hasta que me muera, y si hay una vida después de ésta, 
te amaré también entonces.
Y sé que crees que simplemente quiero estar contigo para demostrarte el monstruo que soy. Pero sé con certeza que, incluso aunque haya sangre de demonio en mi interior, también albergo sangre humana. Y no podría amarte como lo hago si no fuese al menos un poquito humano. Porque los demonios desean, pero no aman.
 

Carolina.

Se llamaba Carolina, y era tan dulce como aquella canción de Neil Diamond. No era la más guapa, pero era de esas que te inspiran las poesías más bonitas. Porque no importaban de qué color eran sus ojos, sino sólo que, cuando te miraban, tenías la sensación de estar a diez mil kilómetros de los problemas. Y yo quería ser ermitaño en su cuerpo. Retirarme allí a donde sólo me preocupase alimentarme de su boca. Porque Carolina detenía el tiempo y lo aceleraba. Porque Carolina siempre llegaba demasiado tarde, aunque llegase antes de lo acordado. Y sucedió como suceden las cosas que no se improvisan, con esa magia que tiene lo inolvidable. Carolina llegó un lunes por la tarde, con una de esas sonrisas que le dan un sentido a todo. Tenía pecas y el pelo rizado. Tenía las piernas largas como trampolines. Y cuando Carolina fumaba, cerraba los ojos, como si estuviese besando algún recuerdo. Yo me quedaba mirándola, como cuando uno ve una estrella fugaz y pide un deseo. “Acércate más, Carolina. Mírame, sonríe, dime que me echas de menos”. Y cuando me abrazaba con todas sus fuerzas, como si quisiera romperme, me iba arreglando. La tocaba. Lentamente la tocaba, mi mano iba andando por su piel como cuando uno camina disfrutando de un atardecer. Lentamente. Relamiendo cada centímetro como si estuviese descubriendo un nuevo planeta. Y luego hacíamos el amor. Y lo deshacíamos. Y lo volvíamos a hacer. Y así, porque no todas las rutinas matan tanto.
El mundo te romperá el corazón de todas las formas imaginables, eso está garantizado. Y yo no puedo explicarlo, como tampoco la locura que llevo dentro y la que llevan los demás.
Y si... ¿Te casas conmigo? Quizá no ahora, quizá cuando hayas vivido lo que tú llamas “libertad”, cuando hayas besado a medio mundo, cuando hayas viajado con amigos y hayas bailado en las mejores fiestas, no te pido que aceptes casarte ahora, pues quiero que seas “feliz”, estoy dispuesto a esperarte la vida entera hasta que estes cansada, cansada de tu vida tan loca y absurda, cuando quieras que alguien te abrace y te tome de la mano frente al mar, cuando quieras viajar a países y conocer las diferentes vistas desde los puntos más altos, cuando quieras que alguien te mire y te diga lo bella que te ves, cuando quieras casarte yo seré feliz y te prometo que haré hasta lo imposible porque lo que vives ahora sólo sea el inicio de tu felicidad.

domingo, 23 de marzo de 2014

Necesitas límites mentales. Necesitas no esperar. Necesitas no esperar nada de los demás. Necesitas no traficar con tu dolor. Necesitas orgullo y soledad. Necesitas orden. Necesitas poesía.

Me gusta ella porque lleva un ángel en su sonrisa y mil demonios en su cabeza.

jueves, 20 de marzo de 2014

Uriel Ledesma.

No todo lo que te cubre es noche;
a veces son mis sombras espiándote,
a veces es tinta sobrante,
no todo lo que te cubre es noche,
a veces soy yo, esperándote.
Cálmate, solo es la vida, ya se te pasará.
Somos alguien, algo dispersos, vulnerables, somos reverso o la imagen de un universo inestable.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Las despedidas son bien bonitas, lo que mata es el abandono. El portazo, la mesilla sin nota, el ''no estoy, pero todavía no me he ido.''

lunes, 10 de marzo de 2014

Ernesto Sábato.

Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de las personas, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida.

Jorge Luis Borges.

Tu materia es el tiempo,
el incesante tiempo.
Eres cada solitario instante.

"En las cimas de la desesperación" de Emil Cioran.

Solamente son felices quienes no piensan nunca, es decir, quienes no piensan más que lo estrictamente necesario para sobrevivir. El pensamiento verdadero se parece a un demonio que perturba los orígenes de la vida, o a una enfermedad que ataca sus raíces mismas. Pensar continuamente, plantearnos problemas capitales a cada momento y experimentar una duda permanente respecto a nuestro destino; estar cansado de vivir, agotado hasta lo inimaginable a causa de nuestros propios pensamientos y de nuestra propia existencia; dejar tras de sí una estela de sangre y de humo como símbolo del drama y de la muerte de nuestro ser —equivale a ser desgraciado hasta el punto de que el problema del pensamiento nos da ganas de vomitar y la reflexión nos parece una condena.

Pero la oscuridad está bien. No te ciega, no te hace creer que el mundo es de colores.

Jaime Sabines.

¿Qué puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?