Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida.
Tengo miedo de malinterpretarte. Miedo de confundir tus palabras con coqueteos, pensar que tu presencia es amor, creer que tu indiferencia es sólo tú siendo prudente. Temo que entre tantas bromas no pueda diferenciar la verdad e ilusionarme por pensar que lo que dices es para mi y que tus recaídas son porque me extrañas. No dejes que te malinterprete, necesito que me digas una vez más: NO.
En el fondo, hay que reconocer que la historia no es selectiva, también es discriminatoria, toma de la vida lo que le interesa como material socialmente aceptado como histórico y desprecia el resto, precisamente donde tal vez se podría encontrar la verdadera explicación de los hechos, de las cosas, de la puta realidad.
Pero, para que comprendas, para darte mi vida, debo contarte una historia, y hay muchas y muchas historias, historias de infancia, historias del colegio, historias de amor, de matrimonio, de muerte, y tantas otras, y ninguna de ellas es verdad.