Eran dos personas con sus ojos buscando mirar algo que les hiciese
brillar, y con sus bocas sedientas de decir poesía y callarse con un
beso. Personas con sus brazos fríos sin algún cuerpo al que agarrarse, y
sus manos vacías si nadie que las cogiera al caminar por la calle. Eran
personas con las lágrimas cayéndoles adentro, porque llevaban mucho
tiempo evitando gritar. “¿A quién le gustan los ruídos fuertes?”,
pensaban. Y se callaban. Eran personas-andenes, de esas a las que llegan
trenes que a veces están vacíos, pero nunca dejaban de esperar. Tenían
una sonrisa para llorar sin que nadie se diese cuenta, y otra para
cuando estaban solos y sacaban a pasear las cicatrices. De noche soñaban
un poco antes de dormirse, y miraban por la ventana, cerraban los ojos,
apretaban los dientes. Se convertían en invierno cuando algún silencio
les recordaba que estaban solos. Y buceaban hasta tocar el fondo de
ellos mismos, creyendo encontrar respuestas allí adonde sólo parecía
haber muerte. Miraban las agujas del reloj moverse, tan quietos, y las
horas se pasaban volando como esos aviones surcando el cielo en los que
deseban marcharse lejos. Lejos, como si uno pudiese escapar lo
suficiente llevándose con él a uno mismo. Eran dos personas como esas a
las que ves por la calle, pero no miras. Dos personas de esas que dicen
que todo va bien mientras se están derrumbando. Dos personas, en
definitiva, como nosotros.
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